El País Digital
Miércoles 
30 agosto 
2000 - Nº 1580

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OPINIÓN
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La revista 'Encuentro', otra
hazaña cubana 

IGNACIO SOTELO 

Un buen indicador de la situación en que se halla la cultura de un país es el número y, sobre todo, la calidad de las revistas culturales. A excepción de algunos países culturalmente muy consolidados como Francia, que mantienen alguna revista casi centenaria, lo normal es una gran fluctuación. Cada generación, o cada escuela literaria, irrumpe en el medio cultural creando su propio medio de expresión. Al menos esto es lo que venía ocurriendo hasta finales del siglo XX, pero las cosas están cambiando muy rápidamente. Fundar no ya un periódico, sino incluso una revista cultural, resulta demasiado costoso para que lo pueda emprender un grupo de amigos. Los medios de comunicación, desde las cadenas de televisión a la revistas culturales más minoritarias, cada vez se concentran en menos manos con una pretensión clara de durar.
 
 

Así las cosas, no es noticia baladí que en el verano de 1996 saliera en Madrid el primer número de una revista, Encuentro de la cultura cubana, y que en el verano de 2000, con una periodicidad trimestral, haya aparecido el número 16/17. Superados los primeros años, siempre los más difíciles, cabe comentar no ya un proyecto, sino una realización que no deja de sorprender, tanto por su calidad como por las condiciones especiales en las que ha surgido y tiene que desarrollarse: el exilio cubano.
 
 

¿Qué tiene Encuentro para que, al cuarto año de publicarse, más allá del ámbito cultural cubano del que ha surgido y al que se dirige, haya que tomar nota de su existencia? El carácter más definitorio al que, justamente, hace mención el nombre de la revista es que trata de superar la línea divisoria entre la cultura del interior y la del exterior, como tienden a marcar tanto el mundo castrista como el del exilio. Desde el supuesto de que tan cubana es la cultura que se hace dentro como la que se hace fuera, el objetivo principal es crear un medio de comunicación que los relacione. Los de dentro se amarran a la idea de que la cultura cubana se hace allí donde vive la mayoría de la población en su propio medio; los de fuera, que allí donde haya libertad para que cuaje. Toda dictadura -y sólo las dictaduras producen un exilio político, y cuanto más férreas, más numeroso- pretende aislar del exterior a la población sometida, sin permitir otras fuentes de información o de expresión cultural que las que controla. El régimen de Castro se ha distinguido de manera muy particular por el aislamiento informativo y cultural que ha impuesto sobre la isla. El embargo norteamericano es una broma en relación con el establecido en el interior frente a las ideas e informaciones que provengan de fuera. En el llamado "periodo especial" no sólo las publicaciones siguen padeciendo la misma censura estricta de etapas anteriores, sino que la falta de papel las ha hecho casi desaparecer. Cuba se enorgullece de haber acabado con el analfabetismo -el 19% de la población en 1959-, pero no ha conseguido sino universalizar uno funcional: escasea el material escrito de tal forma que leer se ha convertido en un privilegio de muy pocos. A su vez, el exilio desconfía de todo aquel que escribe en Cuba, al tener que amoldarse a las condiciones que impone la censura. En determinados círculos, cualquier intelectual o escritor que haya permanecido en la isla es sospechoso de castrismo, por lo menos uno pasivo, imprescindible para poder sobrevivir. Los exilados españoles que conocí en los años sesenta en México y Francia también miraban con recelo a los que veníamos del interior, y sobre todo a los exilados que mantuvieran el menor contacto con la España de Franco.
 
 

Pues bien, Encuentro intenta romper con el principio de exclusión de unos y otros y publica lo escrito en la isla o en el exilio sin atender más que a la calidad. En la presentación que encabeza el primer número se dice que "una de las circunstancias más lamentables de la actualidad nacional es el recurso de dividir a la población cubana en dos bandos que suelen ser presentados como irreconciliables: el de los que viven en la isla y el de los que lo hacen en el exilio. No obstante, resulta evidente que la cultura cubana es una, y que aun en las circunstancias más difíciles ha manifestado su vitalidad". En mostrar que existe una sola cultura cubana consiste la misión más importante de una revista cultural que nace con la voluntad de mantener a todo trance esta unidad.
 
 

Propiciar el encuentro entre los de dentro y los de fuera como única forma de reforzar la unidad de la cultura nacional, creando así las condiciones para una futura convivencia en paz y democracia, exige romper con la politización extrema de los unos y de los otros. Tal vez el mayor acierto haya consistido en emplazar la política en la dimensión que le corresponde en una revista cultural. Ni una despolitización absurda, como si los intelectuales y artistas sólo debieran ocuparse de los valores eternos, como predicaba Julien Benda, cuando reflexionar sobre la realidad política y social es una obligación inexcusable de una revista cultural, ni tampoco una politización de partido o de bandería a favor o en contra del régimen establecido, filtrando con criterios sectarios cualquier manifestación artística o intelectual.
 
 

Encuentro asume una posición claramente democrática, incompatible con cualquier forma de dictadura, pero concibe su función no en apoyar una corriente determinada en política o literatura, sino en acoger en su seno la controversia y el debate, sin que le sea ajeno campo alguno, de la poesía a la política, de la ecología a las artes plásticas, de la música a la historia. La mayor presencia de algunos géneros, la literatura y el ensayo, depende no tanto de los criterios selectivos de la dirección, interesada sobre todo en publicar calidad, como de la producción cultural de los cubanos en un momento especialmente difícil de la realidad nacional, sin otra perspectiva a corto plazo que la muerte del dictador y la incertidumbre de lo que venga. Pese a ello, Cuba está viviendo un momento especialmente fructífero en la creación literaria. El director de Encuentro, Jesús Díaz, filósofo, novelista, cineasta en Cuba, con experiencia en la edición de revistas, desde El Caimán Barbudo a Pensamiento Crítico, exilado desde 1991, primero en Alemania y luego en Madrid, en la presentación de un dossier dedicado a Cuba que publica La Nouvelle Revue Française en el número de enero de 1999, insiste en la paradoja de que la literatura cubana esté viviendo uno de sus mejores momentos, cuando en la isla no ya sólo falta la libertad, sino hasta la imprescindible base material, al no quedar ya revistas ni casas editoriales en las que publicar. Esta carencia absoluta lleva a los jóvenes escritores a buscar una salida en el extranjero, sabiendo que para que sus libros sean impresos tienen que alcanzar una calidad que sobrepase con creces la normal. En España, Abilio Estévez y Leonardo Padura lo han conseguido con cierto éxito.
 
 

Encuentro se justifica plenamente por ofrecer una plataforma al pensamiento crítico y a la literatura inconformista que surja en la isla o en el exilio, que es, justamente, lo que legitima a cualquier revista cultural, se publique donde se publique. De manera extraoficial circula en Cuba, y los cientos de ejemplares que logran colarse se leen con especial avidez no sólo porque no haya otras opciones, sino sobre todo porque no se agota en la crítica del régimen -está muy lejos de ser un panfleto anticastrista-, sino que parte de una idea global de la cultura cubana que incluye la etapa especialmente rica que precedió a la Revolución, que los cubanos del interior ignoran, pero también lo que se ha escrito de valor dentro y fuera de la isla, aplicando un solo criterio, su contenido estético o intelectual, y no la ideología política en que se sustente. El que haya podido surgir una revista como Encuentro resulta inconcebible sin la tradición anterior a 1959; sin Revista de Avance, que se publicó hasta 1933, en la que escribían Jorge Mañach, Juan Marinello y Alejo Carpentier; sin Orígenes, menos abierta a los temas políticos y sociales, en realidad una gran revista poética, en la que escribieron José Lezama Lima, su verdadero espíritu rector, Cintio Vitier, Virgilio Piñera, Fina García Marruz, Eliseo Diego. La vitalidad actual de la cultura cubana en uno de los momentos más trágicos de la historia de la República se explica por un pasado cultural que vale la pena conocer dentro y fuera de Cuba. 


Ignacio Sotelo es catedrático excedente de sociología. 

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